RINCÓN POR RINCÓN: LEÓN

RINCÓN POR RINCÓN:  LEÓN
La catedrál y al fondo montes nevados

24 ago. 2012

EL CORREDOR QUE CORRE

EL CORREDOR QUE CORRE



A veces se habla de “La soledad del corredor de fondo”, sobre los pensamientos que atenazan o liberan al atleta, el cual durante largos recorridos, impasible machaca músculos, huesos, tendones y hasta su sistema nervioso voluntariamente sin que parezca importarle lo más mínimo; un deportista que en la mayoría de los casos no ha hecho más que finalizar y ya está pensando en el próximo reto.

Ha habido autores que han tratado el tema, especialistas de todo tipo, pero yo esta vez me decanto por un autor no demasiado conocido del público en general, a pesar de haber llevado varias de sus obras al cine. Estoy hablando de un tal Alan Silliote (menudo nombrecito ¿verdad?).

Como dato curioso, decir que junto a su mujer (Ruth Fainlight) realizó una traducción al inglés de Fuenteovejuna, lo que yo casi interpreto como una declaración de intenciones; aunque desconozco si esto fue antes o después de escribir “La soledad del corredor de fondo”, (The Loneliness of the large-distance runner, como título original ); un plato suculento que se devora en un instante, incluso en el caso de lectores intermitentes; una obra en la que describe a mi modo de ver con una extraordinaria maestría, una pequeña porción de la vida de un concienzudo e íntegro maleante; que parece darse más maña para correr por los campos que para adueñarse de lo ajeno.

Uno siempre le ha dado vueltas a esos instantes liberadores donde a pesar de que lo normal sería la queja continua, a veces se pierde la consciencia y hasta la memoria para ser simplemente “un corredor que corre”; tal vez la libertad sea efectivamente un factor fundamental, pues no hay nada en esos momentos que entorpezca la carrera, no hay objetivos, no hay exigencias, solo el presente que por mucho que cambie cada millonésima de segundo, nos lleva al “ser”, al “uno” es decir al acople definitivo del corredor con su entorno. Yo utilizo a menudo un término que viene de siglos atrás “el satori”, y que relaciono con el estado de gracia, la iluminación o el conocimiento repentino que alcanzaban algunos “samuráis”, tanto en el entrenamiento, como sobre todo en la guerra.

Pero vamos a la cuestión, que no es otra que algunos retazos de esta pequeña obra que va a continuación y que quiero compartir con aquellos que aún no hayan leído este librito que por supuesto recomiendo a todo aquél corredor que se precie calce o no zapatillas.

Dice en algún momento del libro el protagonista:

 
  • y si alguien quiere que le dé consejos sobre el correr, que no tenga prisa nunca, pero sobre todo que los demás nunca se den cuenta de que tienes prisa, aunque de verdad la tengas. Uno siempre puede adelantar a los demás en las carreras de fondo sin que se huelan que uno se esfuerza por correr más, y cuando uno ha usado esta treta para alcanzar a los dos o tres que van delante, después puede lanzarse a correr dejando en la sombra a la prisa de los demás pues no ha tenido que hacer demasiados esfuerzos hasta entonces. Yo me acompasé a un trote corto, y pronto se hizo tan suelto que se me olvidó que estaba corriendo, y casi no era capaz de darme cuenta de que las piernas me subían y bajaban y que los brazos iban adelante y atrás, y los pulmones no parecía que trabajasen nada de nada; y el corazón interrumpió aquel molesto martilleo que siempre tengo al principio de una carrera. Porque, ¿saben?, yo nunca hago carreras para nada; sólo corro, y en cierto modo sé que si me olvido de que estoy corriendo y me limito a trotar sin prisa hasta que ni siquiera me entero de que estoy corriendo, siempre gano la carrera. Porque cuando mis ojos reconocen que estoy llegando al final del recorrido —al ver un portillo o la esquina de una casa— me lanzó con tal furia porque tengo la sensación de que hasta entonces no he estado corriendo y que no he consumido ninguna de mis energías. Y si he sido capaz de hacer eso es porque he estado pensando; y me pregunto si soy el único en esto del correr con este sistema de olvidar que está corriendo porque está demasiado ocupado pensando; y me pregunto si algunos de los otros chavales andan en lo mismo, aunque estoy seguro de que no. Como el viento me lanzo por el camino de guijarros y el sendero trillado, más liso que la pista de hierba de campo y mejor para pensar porque me encontraba en mi elemento sabiendo que nadie se me podría ganar corriendo aunque me proponía vencerme a mí mismo antes de que se acabara el día. Porque cuando el director me habló de ser honrados cuando llegué aquí por primera vez, él no sabía lo que significaba esa palabra o no me habría metido en esta carrera, trotando bajo el sol en camiseta y pantalón corto. Me habría puesto donde yo le hubiera puesto a él si hubiera estado en su lugar: en una cantera partiendo piedras hasta romperse el espinazo.

  • Trotaba junto a un prado bordeado por un sendero hondo, oliendo la hierba verde y la madreselva, y sentí como si descendiera de una larga estirpe de galgos de carrera entrenados para correr a dos patas, sólo que no conseguía ver a un conejo de juguete allí delante ni tampoco tenía detrás un palo que me obligara a mantener el paso. Adelanté al corredor de Gunthorpe que tenía la camiseta negra de sudor, y empezaba a ver la esquina del matorral de delante, donde el único tío al que me faltaba por adelantar para ganar la carrera iba a toda leche para llegar a la señal de la mitad de recorrido. Luego dobló metiéndose por una lengua de árboles y matojos donde ya no le pude ver, ni pude ver a nadie, y entonces conocí la soledad que siente el corredor de fondo corriendo campo a través y me di cuenta que por lo que a mí se refiere esta sensación era lo único honrado y verdadero que hay en el mundo, y comprendí que nunca cambiaría, sin importar para nada lo que sienta en algunos momentos raros, y sin importar tampoco lo que me digan los demás. El corredor que venía detrás debía de estar muy lejos porque había mucho silencio, y se notaba menos ruido y movimiento incluso que el que se nota una fría madrugada de invierno a las cinco. Era difícil de entender, y lo, único que sabía era que uno tenía que correr, correr, correr, sin saber por qué está corriendo, pero uno seguía adelante atravesando campos que no entendía y metiéndose en bosques que le asustaban, subiendo lomas sin saber cómo había subido o bajado, y atravesando corrientes de agua que le habrían arrancado el corazón a uno de haber caído en ellas. Y el poste de la meta no era el final de eso, aunque un montón de gente le anime a uno, porque hay que seguir antes de haber recuperado el aliento, y la única vez en que uno se paraba de verdad era cuando tropezaba con el tronco de un árbol y se rompía la crisma o caía en un pozo abandonado y se quedaba muerto en la oscuridad para siempre. Así que pensaba: no me van a cazar con esta trampa de las carreras, con esto del correr tratando de ganar, con esto de trotar por un trozo de cinta azul, pues no es para nada un modo de pasárselo bien, aunque me juren por lo más sagrado que sí.