RINCÓN POR RINCÓN: LEÓN

RINCÓN POR RINCÓN:  LEÓN
La catedrál y al fondo montes nevados

10 abr. 2013

ME GUSTARÍA MUCHO SER COMO MI PAPÁ.


Cuando papá tenía mi edad, jugaba al tenis y por lo que me ha contado ganaba muchos partidos; incluso una vez ganó un campeonato provincial por parejas, a pesar de que su compañero era un paquete.

Yo también llevo cinco años jugando al tenis; pero por mucho que intento ser como él, no lo consigo; y para colmo, cada vez estoy más a disgusto y noto como voy perdiendo fuerza y como cada vez tengo menos ganas de ir a entrenar; supongo que seguramente tiene toda la razón cuando me dice que no valgo para nada.

Los lunes miércoles y viernes alquilamos la pista y me intenta enseñar alguno de los trucos que le hicieron famoso; como un saque que él llama “de rosquilla”, que es como un liftado pero con un toque especial que hace que la bola en cuanto toca el suelo se desvíe de su trayectoria.

Los martes, jueves y sábados tengo un entrenador y algún domingo partido. Sinceramente, estoy un poco harto del tenis, y papá me lo ha debido notar, porque ayer mismo, me dijo que, para lo que estoy haciendo, mejor sería que lo dejara, porque jamás lo voy a conseguir; pero como yo no quiero defraudar a mi papá, el martes allí estaba yo en la pista intentándolo de nuevo. Papá se puso muy contento y me dijo: “así se hace hijo”. Ahora me dice que sí puedo, pero aunque pongo todo el interés del mundo, veo que esto no es lo mío; continúo un tiempo, hasta que llega un momento en que ya no me apetece ni entrenar, ni estudiar, ni tan siguiera salir con los amigos; no sé qué me pasa, pero estoy triste y no dejo de pensar que así, esta vida no vale la pena.

Mis notables se has deslizado discretamente hasta el aprobado y para colmo, esta evaluación me cargo las mates y la historia. De nuevo vuelvo a escuchar el “no sirves para nada” y el “yo a tu edad…”; pero ahora las voces de mi padre me llegan como de lejos y me da igual; bueno, igual igual, no me da, esa es la verdad; pero no tengo ganas de volver sobre lo mismo, no quiero discutir, he aceptado lo que soy y me encuentro como un coche subiendo una cuesta en punto muerto a punto de perder la inercia.

Odio despertarme por las mañanas; ahora mismo, no sé qué pinto aquí; algunos de mis amigos me llaman para salir, pero no quiero ir ni a los cumpleaños (con lo bien que lo pasaba). Verdaderamente lo estoy pasando muy mal; antes había pequeñas cosas que me motivaban, que me estimulaban y me hacían feliz; ahora mismo, no se cual es mi papel en esta mierda de vida.

El miércoles, yo que nunca he matado una mosca, me pegué con uno del “B”; en realidad, no me hizo nada, pero tropezamos en el pasillo y no sé que me pasó, pero solo me faltó echar espuma por la boca. Pensar que tengo que entrar en casa y aguantar una vez más los sermones del viejo, me enciende, me pone de los nervios y cada vez lo aguanto menos; para colmo el viernes, cita con el tutor; seguro que de esta me echan. Pues si es así, a tomar por el saco.

He estado hablando con el tutor más de hora y media. Me ha contado que en la vida hay etapas que se nos antojan muy duras, pero, no lo son tanto si sabemos verlas con los únicos ojos que tenemos, es decir, los que están bajo las cejas. Que la mayoría, mira con los de los demás mientras cierra los suyos, y que eso mismo es lo que a mí me pasa.

Me dice que miro con los ojos de mi padre, y eso no tiene sentido, pues no es, ni mi propia realidad, ni la suya; y que es evidente que la mía, nada tiene que ver con jugar al tenis.

Cada uno nacemos con unas cualidades (me dice), que nos hacen particulares y únicos. Por desgracia, la sociedad no lo tiene en cuenta y se empeña en darnos el papel equivocado. Hay que ir a misa los domingos, disfrazarse de “normal”; hay que decir “amén”, “si” y “de acuerdo” aunque no nos guste; y a veces, hay padres que sin querer, mutilan las ilusiones de sus hijos.

Una cosa es respetar a los padres, y otra ser esclavos de sus ambiciones, de sus sueños o de sus frustraciones; lo segundo destruye nuestra autoestima, que podríamos decir que es la estimación (valoración), que cada uno hace de sí mismo a lo largo de su vida; de modo que cuando lo hecho satisface, la autoestima tiende a crecer, provocando que nos valoremos más; por el contrario cuando buscamos satisfacer los deseos de los demás, tiende a mermar, hasta llevarnos a un punto crítico, que tiene por nombre “depresión”.

Creo que lo he entendido bien; pero la duda me consume ¿lo entenderá también papá?.