RINCÓN POR RINCÓN: LEÓN

RINCÓN POR RINCÓN:  LEÓN
La catedrál y al fondo montes nevados

24 jun. 2014

EL PROGRESO DEL CANGREJO



                                                 SIMPLEMENTE UNA COMIDA                                                       






Hoy he quedado para comer con un buen amigo; en realidad, no se si el término amigo es el correcto, porque también es un discípulo, un alumno aplicado, y no se si exagero al decir que por aquello del vibrar a veces igual y a veces desigual, se le podría considerar, como un hijo adoptivo.

La existencia tiene caminos, senderos y a veces vericuetos, y ese recorrido de lo sencillo a lo complicado hace en ocasiones hombres hechos y derechos.

La vida presente, con sus prisas, sus modernidades e incoherencias diarias, no nos deja tiempo para lo auténtico, de modo que cada vez las personas aún dando la impresión de que se acercan, en realidad se alejan más y más.


Hoy lo virtual sale victorioso frente a lo real, que minuto a minuto, se torna un bien escaso, limitado, raro, muy raro. Nos podemos poner en contacto con gente alejada de nosotros por miles de kilómetros, y sin embargo ese avance tan importante visto desde el punto de vista de algunos, es un claro retroceso desde el punto de vista de otros (cada vez menos).

La ilusión con la que se recibía una carta hace tiempo, las expectativas y la puesta en marcha de las papilas gustativas, amén de un imperceptible cambio en el ritmo de los latidos del corazón ante lo desconocido de cuatro letras, prácticamente ha desaparecido en la actualidad. Hoy vivimos a ritmo de relámpago, ese resplandor tan repentino, tan breve que no nos da ni tan siquiera para intuir lo que sucedió durante ese instante. En la actualidad, ese resplandor nos ciega y el estruendo añadido, nos descoloca, nos desorienta y nos doblega.

El progreso nos guía por caminos retorcidos, y casi nunca nos lleva donde queremos; pues como si tuviera vida propia, nos controla, nos dirige y nos hace olvidar hasta nuestra propia esencia, convirtiéndonos a uno tras otro en verdaderos autómatas, simples peleles, imitadores de no se sabe que tipo de representación mental que nos han introducido en el cerebro, como se le hace entrar la cuchara en la boca de un bebé.


Hoy decía, hemos comido en una cueva, una bodega trabajada a golpe de pico, en la que nada más entrar, vuelves sin querer al pasado, a sabiendas de que estás en presente: Hasta llegar allí, hemos charlado, mientras pedíamos la comanda se han intercambiado opiniones; entre plato y plato hemos recordado a los amigos, se ha hablado de sucesos y de lo desconocido, lo incierto, lo que está por venir; y aunque el tiempo no se para, aún hemos tenido tiempo para tomar otro café y alargar estos agradables momentos, porque ambos sabemos que a partir de mañana el contacto será virtual, no real, y que por mucho que pulsemos una u otra tecla, siempre habrá un muro en forma de pantalla que intentará simular el presente, cuando sabemos sobradamente que en realidad será el pasado.