RINCÓN POR RINCÓN: LEÓN

RINCÓN POR RINCÓN:  LEÓN
La catedrál y al fondo montes nevados

3 jul. 2014

GTP, TERCERA ETAPA. EL OLOR A META

OLOR A META

Siempre hay un punto geográfico (no al modo tradicional), que está situado en la mente de cada corredor a partir del cual su confianza en culminar su hazaña se agranda como muchas de esas leyendas que pululan por ahí de mujeres y hombres que realizaron grandes gestas.

Como ocurre con el resto de las cosas, ese punto varía en cada corredor. Les hay que ya saben que salvo circunstancias muy, muy extremas, van a llegar (aunque sea muertos), antes incluso de que se de la salida; pero con la mayoría no ocurre lo mismo, de modo que cuando en el meridiano de la prueba algunos ya se ven pasando bajo el arco de meta, otros muchos aún no las tienen todas consigo.

Hay por lo general dos circunstancias entre otras muchas, que provocan sentimientos encontrados y muchos han pasado por ambos en más de una ocasión. Cuando a falta de veinte o treinta kilómetros la mayoría se crece y ve como aumentan exponencialmente sus expectativas de cumplir su sueño; otros sobre todo cuando no están mentalmente preparados, o han sido objeto de algún tipo golpe o pequeña lesión, no las tienen todas consigo y se preguntan a cada kilómetro ¿seré capaz de llegar?.

En el segundo caso, las dudas son más que razonables, lo mismo que el sufrimiento en ocasiones extremo junto a una visión un tanto lejana de la línea de llegada. A veces aparecen los “que pinto yo aquí”, “lo que tengo que hacer es retirarme”, o ¿me aguantará el tobillo?, ¿podré continuar cojeando los 25kms que me quedan?.

En el primero, por el contrario, aparecen signos evidentes de satisfacción, de alegría, la sonrisa llega fácil y las piernas a pesar del enorme esfuerzo al que han sido sometidas, parece que van solas y prácticamente no hace falta influir en el subconsciente para poder continuar. Los repechos siguen siendo repechos y a veces duelen y mucho, pero ya se asimilan de otra manera. Ese es el poder de la mente, que aún estando el cuerpo mucho más trabajado, aún habiendo acumulado horas y horas de fatiga, es capaz de engañar hasta las piernas más flojas y permitir al corredor aguantar ese sufrimiento muscular a veces agónico al que se enfrenta y salir airoso.

Son los agraciados de la ruta, los nervios y hasta las prisas desaparecen y algunos casi pedirían repetir esos últimos kilómetros de la prueba, (otra cosa es que les ofrecieran esa oportunidad); en realidad, no desean alejarse de esos instantes de plena satisfacción porque se saben ganadores reales y no virtuales, muchos de ellos están mentalmente drogados y notan los efectos inmediatamente, de ahí el no querer abandonar esa sensación que aún les durará muchas horas, a veces días y en ocasiones les convierte en adictos a las carreras por montaña de por vida.

La meta es ya el subidón, la descarga más fuerte de adrenalina para el que corre por la montaña; y sin embargo, es el momento en el cual alguno piensa “estoy hecho una mierda, pero ha valido la pena”.

La realidad se impone,       “F I N A L I S T A”,       y a veces todas las molestias del cuerpo despiertan al unísono y escuchamos ese “nunca más” que señala en el noventa y nueve por ciento de los casos, el pistoletazo de salida en la planificación de la próxima carrera de larga distancia.