RINCÓN POR RINCÓN: LEÓN

RINCÓN POR RINCÓN:  LEÓN
La catedrál y al fondo montes nevados

12 sept. 2014

DESEMPAREJADOS



Lo hemos oído todos un millón de veces: “somos animales de costumbres”.

Basamos nuestras vidas en rituales, en prácticas repetitivas como llegar a casa, cambiar la ropa de calle por algo más cómodo, sentarse en el sofá con el mando de la tele en la mano, ver nuestro programa favorito y así hasta el infinito.

Cuando las costumbres tienen que ver con el amor, la cosa no cambia mucho, cambia solo el hecho de que ahora estamos ante una persona, y no ante un objeto que consienta ser manejado a nuestro antojo.

Cuando una pareja rompe, siempre se reparte desigualmente el dolor; nos enfrentamos a una pérdida de ilusión, fracaso, soledad, desgarro, frustración, depresión en ocasiones, pero sobre todo al vacío.

Tal vez esa es la clave, “vacío”, ahora no hay nada donde antes existía algo, y el asunto pasa a grave si una de las partes no había previsto que pudiera ocurrirle algo parecido.

El sujeto, se ve asaltado por muchos recuerdos, y existe una confrontación entre lo agradable del pasado y el resquemor del presente, porque todo hay que decirlo, el odio forma también parte de la separación y a veces esa aversión hacia el otro, se transforma en venganza.

Es entonces cuando aparece el autoengaño, las excusas, los detalles, el puntillismo asesino que no da lugar a otra cosa que la obsesión, es decir el bloqueo mental que no deja al individuo pensar con libertad.

La mente juega malas pasadas en este punto y cualquier cosa puede suceder a partir de este instante, pero por lo general esa “no aceptación” de la realidad nos llevará a la destrucción a veces por desgracia de las propias personas.

¿Qué podemos hacer?

Ciertamente, no es sencillo, lo prioritario sería vencer los deseos de venganza que no son otra cosa que un afán de posesión de algo que nunca tuvo dueño; por tanto, hay que hacer planes en los que no entre la otra persona.

No es imprescindible el olvido, pero si es necesario aparcar esos recuerdos en la carpeta del pasado; sobre todo los recuerdos más íntimos (que a veces son los que más torturan la mente) que deben ser excluidos de nuestra vida diaria para no caer en la depresión a la que nos llevaría ese conflicto entre el deseo y el vacío que se crea con la ausencia y la privación.

Hay que abrirse de nuevo al mundo “real” y reencontrarse otra vez con aquello que nos alegraba “antes”. Dar prioridad a aquellos que de verdad nos han querido y compensarles si fueron objeto del fuego cruzado.


Establecer nuevas metas, (incluso algunas antiguas), y retomar amistades. Es el momento ideal para hacer, no para destruir.