RINCÓN POR RINCÓN: LEÓN

RINCÓN POR RINCÓN:  LEÓN
La catedrál y al fondo montes nevados

28 jun. 2015

HOY PUEDE SER UN BUEN DÍA... O NO.

Hay días en que todo te sale mal; que digo mal, rematadamente mal, te levantas ya con una sensación extraña porque temes que un día tan importante pueda irse al traste por algún detalle sin importancia; no notas nada físicamente salvo un pequeño hormigueo en el estómago, y tal vez percibes de pronto que no es el día de tu vida en que más relajado te has encontrado pero como tampoco quieres obsesionarte lo dejas correr.

Pero el día sigue siendo extraño y tiras a tomar por el saco la cuchilla de afeitar que tal vez deberías haber tirado hace ya unos días, pero que hoy raspa que no veas.

Para rematar la faena a la hora del desayuno no notas que le estés levantando la voz a tu pareja, hasta que ella te lo recuerda con tres cortas frases: “Ya está bien, ¿no?. Siempre igual” “vete a la mierda”.

Pero el día no se rinde y sigue su curso; no encuentras todo lo que ayer mismo pensabas que habías dejado preparado y listo y recuerdas con un par de tacos que prefiero no reproducir que no has pasado todos los entrenamientos y que el reloj ya está casi lleno, por lo que tras mirar el de la cocina y comprobar que de tiempo vas bien, decides vaciarlo !inmediatamente¡, pero cuando ya lo has hecho, te das cuenta que has borrado todos los datos y que no todos los habías guardado en el archivo habitual.

Tienes los billetes, la documentación personal, el mapa con el recorrido, el material, y piensas que te sobra tiempo pero algo te ronda en la cabeza que no te permite relajarte y te notas intranquilo, nervioso y a un tris de perder los nervios, ¿qué se me olvida?.

Haces un repaso mental en el que incluyes la que vas a llevar y lo que necesitas para la competición y concluyes que todo está en orden, y sin embargo y aunque ya no te sobra tanto tiempo, decides realizar una inspección de urgencia en la que observas que tienes la camiseta pegajosa a causa de un gel de última hora que en mala hora pillaste con la cremallera; los vecinos que están acostumbrados a recibir tus sonrisas se sonrojan y se tapan los oídos, pero ahora no estás para florituras y te la suda lo que piensen, sobre todo porque ahora si que ya no hay tiempo, de modo que tal como están las cosas decides que ya es hora de partir y tras un beso casi forzado a tu pareja sales pitando por las escaleras abajo porque como no podía ser menos hoy no es día de ascensor.

Piensas que así no hay quien rinda en una competición, y aunque hace unos días los entrenamientos señalaban bien a las claras que estabas en plena forma, hoy no las tienes todas contigo y las dudas superan a las certezas.

El día de la competición sonríes por obligación, porque hay que mantener el tipo y aquí el que más y el que menos piensa que eres una persona agradable, dicharachera y humilde, pero las dudas siguen ahí.

La carrera comienza y te dices que curiosamente no vas tan mal, e incluso que vas bien, pero al primer tropezón ya te viene a la mente lo de la cuchilla de afeitar, los gritos, el pringue de camiseta que no has podido solucionar y que localizas perfectamente al lado izquierdo de tu espalda y los ritmos decaen sin que te des cuenta, o mejor dicho te das cuenta ¡claro que te das cuenta!, y es ahí cuando la palabra “abandono” cobra sentido porque crees que estás luchando contra imponderables, que la cosa tiene mala solución o ninguna, de modo que te vas abandonando a la carrera pero sin prestar demasiada atención, sin disfrutar, hasta que prácticamente no sabes donde estás ni lo que pintas aquí.

Ya no recuerdas la ilusión que te hizo saber que te habían dado una plaza para esta competición en concreto; como la ilusión superaba el sufrimiento cada día que entrenabas duro, el placer de irte a la cama con la tarea hecha, y sobre todo la posibilidad que antes considerabas fuera de tu alcance de poder competir precisamente aquí donde hoy estás o tal vez no estás.


No vas y sin embargo no te duele nada que te impida continuar, estás más que harto de oír y repetir que en esto de la montaña la cabeza lo es todo, pero decides que no es esta tu guerra y que son demasiadas signos como para no hacerles caso, en este punto eres pura desilusión, esto no lo habías entrenado; seguramente ni lo piensas, o puede que no desees meditar sobre ello, pero sabes que esas señales no han aparecido por arte de magia, y que todos podemos tener un mal día, pero solo cuando la rabia, la furia y la ignorancia dejen de poseerte, serás capaz de reconocer que el origen de todo has sido TU MISMO.