RINCÓN POR RINCÓN: LEÓN

RINCÓN POR RINCÓN:  LEÓN
La catedrál y al fondo montes nevados

7 jul. 2015

UN DÍA NECESARIO



¡Fin de semana!.

Se presenta por delante un día excelente, pues a pesar de la ola de calor (ahora las tenemos día sí y día también), hemos decidido que nos vamos a Villalfeide de modo que con mucho ánimo y con la idea de pasar la mañana, nos presentamos en este conocido pueblo leonés próximo a la montaña para hacer gran parte de la carrera que se celebrará en poco más de un mes. El grupo se divide entre los que van a entrenar y los que vamos a disfrutar, de modo que como siempre me quedo más solo que la una.

Con el consiguiente “yo voy tirando”, tomo la ruta prevista mientras los demás se van en sentido contrario, se nota calor, pero no mata, de modo que bien provisto de cortavientos, agua, regaliz y una buena carga de energía doy mis primeros pasos.

No hay hoy mucho ambiente que digamos, aunque nada más tomar los polvorientos senderos que me llevarán a la cumbre me doy de morros con una muchedumbre con cuernos que ha dejado el suelo perdido de boñigas, hasta el punto de que se sabe donde pisar. Evidentemente, uno ya está habituado e incluso diría agradecido ante estas estampas y estos olores camperos que traen recuerdos de otros tiempos.

Comienzan los desniveles de momento suaves, van apareciendo las primeras rocas y a lo lejos vislumbro una pareja donde la chica parece traer muletas, pero a medida que se acercan, veo que no, que es un bastón, lo que ocurre es que viene muy tocada y dolorida, lo que atribuyo a una palpable falta de experiencia. Pegamos la hebra unos minutos y me entero de que efectivamente ella es primeriza y él, un corredor de triatlón experimentado y participante esporádico en carreras de media montaña o lo que se tercie.

Con un ¡hasta luego!, cada uno sigue su ruta y tras la primera curva observo otro individuo o más bien individua como a un kilómetro para arriba; se ve a la perfección que el ritmo que lleva es lento, y a medida que me voy acercando, intuyo que por la pinta, será alguien del pueblo que está de paseo o en busca de alguna hierba de las que a veces se encuentran por estos lares.

Llego a su altura y resulta ser una señora de edad indefinida a la que saludo con un ¡Buenos días!, y que sin mediar otra palabra me espeta: “¿Oiga joven va usted al pico?”; ¡sí! le respondo, “¿al Polvoreda?, ¡sí! Respondo de nuevo; “¿no le importa que le acompañe verdad?”...

Me quedo de una pieza; no es que sea yo de los que llevan gasolina súper, no soy de los que van sobrados, cojo mi ritmo y para arriba, hasta donde llegue, pero ¿ir con esta señora?.. ¡No! ¡Que me va a importar! respondo casi sin saber lo que me digo.

El ritmo no puede ser más llevadero, pues la señora en cuestión cada cincuenta metros más o menos se toma un ratín de descanso, con lo que calculo que a este paso necesitaremos unas cinco o seis horas para llegar arriba, de modo que me armo de paciencia mientras voy escuchando diversos relatos sobre su vida.

-“Tengo un hijo que corre ¿sabe?” por eso estoy aquí, por si necesita algún consejo, porque yo hace años me pasaba escalando todo el día.

No entiendo muy bien como pasó, pero entre más se empinaba la cosa más trabajo me costaba, hasta que llegó un punto en que sudaba a mares mientras la señora hablaba y hablaba sin parar y lo más curioso, sin parar de trepar; es como si le hubieran quitado veinte años y me los hubieran puesto a mí que era el que necesitaba ahora algún descanso extra.

-“Perdona hijo pero es que me pongo a darle a la lengua y me olvido del mundo”. “Como te iba diciendo, Gorka, se está aficionando a esto de las carreras, incluso está organizando una por las barranqueras, que tiene a todo el pueblo en pie de guerra”.

¿Barranqueras? – Pregunté yo.

Si, es que aunque soy de Valladolid, vivo en Toro, y allí no tenemos montaña ¿sabe?, lo único que tenemos para subir y bajar son las barranqueras, que vienen a ser como esas montañas de basura que se ven a veces en la tele, pero algo más largas, así que sumando varias al final tendremos suficiente desnivel”. “Está todo el pueblo ilusionado y el Alcalde con muchas ganas por hacer cosas donde se implique no solo la juventud, sino todo el pueblo”. “Nos ha dicho que dinero no hay mucho, pero que va a hacer todo lo que pueda por llevar el proyecto adelante”.

A estas alturas de la película yo ya no puedo seguirle el ritmo, tengo una pequeña presión en el pecho que me asusta, piernas y brazos no van, y necesito constantemente aire, mientras que ella va unos metros por delante hablando y hablando y intuyo que aflojando el ritmo de vez en cuando para que la de alcance.

¡No puedo más!, de modo que armándome de valor, señalo el pico con la punta del bastón y le digo que yo me voy por la derecha, que bajo porque se me ha hecho algo tarde y me esperan en el pueblo; ella me dice que “vale” “vale”, pero en cuanto giro se pone a mi lado, ¡qué digo a mi lado!, de nuevo se vuelve a poner en cabeza sin aflojar el ritmo, y cuando la cosa se pone técnica y hay que poner las manos, en un santiamén desaparece de mi vista y me quedo con una cara de idiota y con unas ganas de llorar que me dejan paralizado y angustiado durante varios minutos.

Ya casi en los prados, aparece alegre y vivaracha tras de mí y me dice que ya de venir, le apetecía subir hasta arriba, de modo que mientras yo bajaba ella había subido y me había vuelto a coger ¡chúpate esa!.


Ya en la pradera me indica un lugar a la sombra y de un petate que lleva como una especie de toalla enrollada sobre sí misma, saca como media hogaza, chorizo, una bota de vino y unos filetes empanados, que me dan la vida y me permiten recuperar la salud que no la moral; es entonces cuando me fijo por primera vez en ella; es entonces cuando caigo en la cuenta de que el que está a punto del jubileo soy yo, y es en ese instante cuando me percato de que una vez más he vuelto a juzgar, por la pinta, por la indumentaria, por el exterior olvidando que lo importante es el contenido.