RINCÓN POR RINCÓN: LEÓN

RINCÓN POR RINCÓN:  LEÓN
La catedrál y al fondo montes nevados

2 feb. 2016

DIVIDE ET IMPERA


Dionisio, era un buen hombre; no había tenido una vida fácil; de hecho había sufrido muchas calamidades que le podían haber llevado a odiar el mundo, sin embargo, su conciencia social y emocional no le permitía dejar pasar de largo las injusticias de ningún modo.

Con el tiempo y muchísimas horas de duro trabajo, se hizo con un pequeño capital que tras su jubilación le hubiera permitido vivir holgadamente, pero su moralidad como ya he dicho, le impedía vivir el resto de sus días sentado cómodamente en un sillón, viendo como algunos de sus vecinos pasaban dificultades para llenar un miserable puchero al día, de modo que a la chita callando, ayudaba como podía.

En su casa, no había aparatos eléctricos, más allá de una vieja radio, herencia de familia, que encendía de vez en cuando, más por honrar a sus padres que por el gusto de escuchar lo que en ella se programaba.

No necesitaba Dionisio mucho para vivir feliz, sus años de penurias le habían enseñado a conformarse con poco, y ahora que podía, no le salía derrochar; de modo que una parte del dinero que recibía, iba engrosando poco a poco su hacienda y otra mermando por el asunto de las ayudas.

Solía entretenerse tallando madera con  una pequeña navaja que le habían traído de Albacete, a la que dicho sea de paso,  ya poca vida le quedaba; pues en algunos sitios, más parecía alfiler que cuchillo. No obstante, nuestro protagonista en cierto modo sí que tenía algún vicio, que no era otro que alargar la vida de cualquier utensilio que llegase a sus manos.

Al atardecer solía dar largos paseos por la orilla del río, y de vez en cuando, cuando el agua no estaba demasiado fría; sentado en una pequeña peña, ponía los pies a remojo y con los restos de su preciado acero, hacía desaparecer alguna de las durezas que durante toda su vida le habían dado guerra; sobre todo en el pié izquierdo, que tal vez, por mayor desgaste de cadera de ese lado, era el que soportaba más peso.

En uno de esos paseos, conoció a Remigio el carpintero, con el que nunca había coincidido, ya que este, solía salir siempre de madrugada, salvo aquél día y luego, otros posteriores, ya que a raíz de la amistad, hicieron coincidir las salidas alternando los horarios para no perjudicarse, y de ahí surgió el proyecto.

Era Remigio en lo que se refiere a su pasado, la antítesis de Dionisio, (es decir, que todo lo contrario, lo opuesto), pues aunque su padre era dueño de las mejores propiedades, aumentó su capital tras su matrimonio, con lo que en ese aspecto, nunca había vivido ni de lejos las penurias de su tan reciente amigo, salvo la amargura que a ambos les había reportado la viudedad.

Había elegido la carpintería como medio de matar el rato, y aunque como se ha dicho, no tuviera necesidad alguna, y a pesar de contar con una edad considerable, aún recibía con gran placer encargos de vez en cuando.

No deja de ser ciertamente curioso, que dos hombres con una vida tan desigual, coincidieran en tantos aspectos, como para labrarse una verdadera amistad, que a día de hoy aún perdura.

Pues dicho y hecho, como quiera que de ninguno de los dos era muy entusiasta del modo en que el regidor (Verónides se llamaba) abusara de los asuntos del pueblo, se metieron en política con la intención de enviarle a la oposición. En pocos meses eran las elecciones y o bien por su buena campaña, bien por la publicidad que consiguieron gracias a los dineros de Remigio, o porque ambos fueran muy bien vistos en la localidad, ganaron de calle.

Ahora que las cosas habían llegado a este punto, ni uno ni otro quería ser Alcalde, de modo que lo echaron a suertes y a uno le tocó la alcaldía y al otro la secretaría. Tocaba poner en práctica las ideas, y mover los dineros, de modo que pusieron en marcha toda una batería de buenas intenciones. 

En mala hora repetía el uno, ni muerto se me vuelve a ocurrir rumiaba el otro.

La primera medida ya estaba bien meditada; agua corriente para todo el pueblo; pero que si a mí nada me cuesta, que la Maruja buenos calderos que me trae del río, que si a ver por qué le vais a pagar esos duros al Rogelio por el pozo y para colmo en su finca, que si a ver si gastamos los billetes y luego no sale o que si sale a lo más no vale; el caso es que tanto el Alcalde como el Secretario se volvieron a sus quehaceres con gran placer de Verónides que supo jugar astutamente sus bazas con solamente dos artimañas, una la del  “más vale lo viejo conocido…”, y la otra esa que dice: “divide y vencerás”.