RINCÓN POR RINCÓN: LEÓN

RINCÓN POR RINCÓN:  LEÓN
La catedrál y al fondo montes nevados

17 ene. 2017

PURA VIDA



Esta noche, las musasarañas me avasallan, el sueño me rehuye y de pronto me veo sumando recuerdos de épocas muy lejanas; una mezcla de imágenes y sensaciones en mi cabeza que temo explote en cualquier momento.


Me he visto enrollado en una enorme manta a la puerta de la casa, esperando seguramente a que lleguen mis padres del cine para dejar de berrear. A mi lado mis hermanos hartos seguramente de aguantarme y sin saber qué hacer para entretenerme a estas horas de la noche.


Me he visto ágil, dando patadas al aire, gritando a pleno pulmón, agitando las manos y disparando mi mirada a todo lo que hay a mi alrededor. 


Más tarde yendo al cole con otros niños de mi barrio y parando cada pocos metros por culpa de algún juego que a día de hoy no entiendo. Veo la fila, los pellizcos, las risas, los capones y la ilusión a pesar de los once bajo cero. Hoy la lección versa sobre la fiesta; sale en la tele “El Cordobés” y el silencio es sepulcral, pues a nadie se le escapa que Don Manuel tiene la vara larga en la mano derecha que reposa dulcemente sobre su siniestra, dispuesta a salir disparada como un cohete hacia el primero que ose enturbiar el grandioso espectáculo que después de las historias sobre nuestro salvador Francisco Franco es lo que más contento pone al maestro. 


Me veo corriendo entre los árboles del parque de San Francisco, jugando a las canicas, al tacón, al clavo, al pañuelo, a España número uno, las pelis, el trompo o patinando sobre las pequeñas pistas de hielo siempre atrayentes, placenteras, dispuestas, incluso preparadas para soportar nuestros traseros o las menos de las veces incluso nuestro cogote que no veas el daño que hace.


Nos subimos a los columpios, y jugamos a saltar cuando alcanzamos la mayor altura posible. Me veo dando un giro completo de casi trescientos sesenta grados y cayendo por el otro lado sobre la tierra húmeda, me noto sin aire, con un dolor terrible en el pecho y una opresión que me impide respirar. Pero somos niños y afortunadamente tras pasarlas canutas tal vez poco más de un minuto, el aire vuelve y los gestos de admiración de mis compañeros por proeza, me llenan de orgullo.


De pronto ya no soy un niño, sino un universitario, y me revelo ante la chulería de algunos catedráticos que se creen dioses en vez de educadores, me revelo ante los directores que practican la dictadura en vez de la gestión, pero a cambio, me maravilla la grandeza de algunos docentes que tratan sacarnos de la infracultura que padecemos la mayor parte de los alumnos. Algunos aún en esta etapa de nuestras vidas nos alientan y nos enfocan hacia el aprendizaje, hacia el sentido común, la lectura diversa e incluso nos hablan en voz baja del régimen y sus desmanes.


Me cabrea que por ser universitario no me quieran coger en las obras cuando quiero sacar unas pelas para disfrutar de algún viaje este verano; me dicen que los que son como yo, vienen a malear el ambiente y prefieren gente callada, ruda y obediente que sepa dar el callo hasta la madrugada si fuera necesario; de modo que me apunto a las vendimias, a cortar madera a Canadá, a limpiar el metro en París y así de paso voy aprendiendo idiomas.


Tras la carrera ya puedo llevar alguna contabilidad y el dinero va aflorando en pequeñas cantidades pero de manera constante, lo que me permite comprarme mi primer tocadiscos portátil y pedirle a Efrén que me traiga sencillos de Londres imposibles de conseguir aquí. 


Hay guateque este fin de semana en casa de la Dulce, y la cosa promete, tras algún cambio de pareja la cosa se estabiliza y estoy de suerte, porque me toca con Michelle. Dicen que con las francesas todo va sobre ruedas, pero yo me encuentro con un muro; puedes apretujarla a placer, la puedes besar hasta desaparecer dentro de su boca, pero la mano por la cadera y en cuanto se te desliza un poco más abajo, te coge la tuya con delicadeza y te dice “la man isi tultamp” (la mano quieta aquí nene).


Lo siguiente que veo es a la Conchi; recuerdo la manía que la tenía, lo delgada que estaba, esos pelos de bruja y como procuraba evitarla cuando andaba tras de mí; ahora es la mujer que me ha dado mis cinco hijos. Que cosas tiene la vida.


Ese abuelo con cacha que va por la acera soy yo, no parezco tener muy buen aspecto, andaré por los ochenta y nueve, ya no pataleo, ni grito a pleno pulmón, ya no doy manotazos al aire, ya no tengo curiosidad por mirar lo que tengo delante de mí, solo pienso y repienso, siempre la misma frase destructiva, siempre el mismo lamento, ese dolor físico y moral que todos sentimos alguna vez a lo largo de la vida. 


Al final siempre aflora el pensamiento: “Puta vida, cuando estamos pletóricos no sabemos disfrutarla y cuando parece que aprendemos el cuerpo ya no nos lo permite”.  “Pura vida”.