RINCÓN POR RINCÓN: LEÓN

RINCÓN POR RINCÓN:  LEÓN
La catedrál y al fondo montes nevados

17 dic. 2017

EXTRAÑA Y ANTICIPADA CRÓNICA DE LA PEÑA DEL TREN


El domingo acudí a mi cita anual con esta hermosa carrera, debería decir me pegué un madrugón de aúpa, porque las dos horas de viaje no te las quita ni el tato, de modo que a las seis en punto, tras otras cinco buscando un sueño que se me negaba, me levanté de la cama con cierto cansancio que no duró más allá de unos segundos. Al llegar, y aún siendo de los primeros, visita obligada a la cafetería, porque el relente era de aúpa y no tenía ganas de dejarme atrapar por ese viento helado que las recientes nevadas nos enviaba a la cara a todos los presentes.

El el bar comenzaron los saludos de rigor, los “cuánto tiempo”, “hospitalera, no sabía que venías” “a ver si esta vez me sacas guapa” y otros por el estilo que derivaron en un comentario generalizado de la carrera que se podía resumir en una sola frase “esta carrera enamora”. No pude evitarlo y viejos recuerdos me asaltaron con tanta insistencia, que preferí irme al coche para estar solo con mis recuerdos.

Nos conocimos un cinco de enero en una academia del centro; fue el mejor regalo de reyes que he recibido en mi vida, se llamaba Violeta y era la mujer más bella que haya visto jamás. Creo que nos gustamos desde el principio, pero me temo que ambos eramos demasiado recatados como para realizar grandes progresos. Nos encontrábamos solamente los lunes, miércoles y viernes que eran los días de clases para preparar las oposiciones a bombero y policía que se celebrarían en unos meses.

Era un ser especial con una inteligencia fuera de lo común que cogía al vuelo lo que para el resto no eran más que dudas. En las clases prácticas fallaba descaradamente en la maroma que no era capaz de superar ni en medio metro y ahí se produjeron los primeros y únicos roces que a día de hoy aún siento en mis manos, en mi corazón y en mi orgullo de hombre insatisfecho.

Ya lo había intentado una vez, y no había salido nada bien, pues a pesar de superar todas las pruebas me quedé sin plaza. Todo el mundo hablaba de tongo, porque al menos tres de los aprobados al parecer hicieron las pruebas a puerta cerrada vigilados por el concejal de deportes, con lo que muchos dudaban de que aquello hubiera sido limpio.

Una tarde de semana santa, matando judíos con un amigo empresario, coincidimos con el señor alcalde, tenía la nariz tan roja como las brasas del puro que se llevaba cada poco a la boca. Mi amigo que no se corta un pelo, le dijo que me tenía que echar una mano que me presentaba para bombero y policía municipal, el hombre me agarró amigablemente por los hombros y me dijo “chaval, no pierdas más el tiempo ni el dinero, porque esas plazas son de favor”; y al ver mi cara de no enterarme de nada añadió “vamos que ya están todas repartidas”.

Me fui a casa pensando que cómo podían funcionar así las cosas, pero por otro lado con la duda si aceptar la oferta de ir a visitarle para acceder a una plaza de funcionario de jardines que me había prometido; mi amigo me dijo que no perdiese la oportunidad, pero lo cierto es que falté a esa cita.

Al día siguiente se lo conté a Violeta, yo estaba dispuesto a dejar las clases, pero ella no, de modo que también continué, porque no podía perderme aquella mirada profunda que me regalaba cada lunes, miércoles y viernes. Nos saludábamos cada vez con un par de besos, cada uno de los cuales llevo clavados en el fondo de mi ser como si estuvieran dotados de vida propia; no eran de esos de rozar, sino besos que parecía depositar con sus labios en mi mejilla.

El tiempo fue pasando y como era de esperar de las oposiciones nada de nada. Le perdí la pista durante unas semanas, una amiga común me dijo que había estado muy enferma y sufrí con un dolor que nunca había sentido; anduve buscando pistas por la academia, pero ni siquiera había dejado su dirección, y del resto de las clases nunca me encontré con nadie.

Pasé al menos un mes de incertidumbre y cuando aún abrigaba esperanzas, nuestras miradas se cruzaron a lo lejos y vino a mi encuentro. Me contó que había tenido algunos problemas de salud que no se habían solucionado, pero que se encontraba mejor; tomamos un refresco y aquella hora escasa me dio la vida. Estaba anocheciendo y debía volver a casa, de modo que me dejó acompañarla hasta la puerta de la pensión en la que vivía. Permanecimos un rato largo sin hablar y mirándonos de vez en cuando y al tiempo que unas lágrimas asomaban a sus ojos, me regaló un profundo abrazo, un beso infinito y una última mirada antes de desaparecer escaleras arriba como alma que lleva el diablo.

Como no podía dejar pasar un día más sin verla de nuevo, volví a la pensión, allí me recibió una señora mayor que me entregó una carta junto con la noticia del fallecimiento de Violeta; en ella me pedía perdón porque sabía que me había hecho sufrir, pero que nunca me quiso dar pie, porque sus días estaban contados.

Nunca lo he superado, y sin embargo son los recuerdos más hermosos que poseo; tan profundos y reales como las lágrimas que estoy derramando ahora mismo dentro de mi coche.