RINCÓN POR RINCÓN: LEÓN

RINCÓN POR RINCÓN:  LEÓN
La catedrál y al fondo montes nevados

4 mar. 2018

EL PROFESIONAL


Era un experto en hacer castillos en el aire, pero sobre todo, era un consumado artista construyendo castillos de arena. Los hacía con sus torretas de vigilancia, los protegía correctamente con enormes murallas, con sus fosos, y con sus esquinas circulares perfectamente fortificadas, incluso les añadía un hermoso puente levadizo de gruesas cadenas. El resultado, era una obra de albañilería perfectamente calculada, donde cada cosa estaba en su sitio y cada espacio necesario.

Su labor de constructor se desarrollaba tanto durante la noche, como durante el día, pues era capaz de desarrollar otras labores y al mismo tiempo dedicarle tiempo a sus ilusiones.

Un día por fin, unos amigos le llevaron a una playa cercana; los primeros instantes se los pasó mirando el mar con unos ojos como platos, pero enseguida observó la arena húmeda y un placer indescriptible le recorrió la médula espinal. Aún así se tomó su tiempo, y salivando como un perro ante su plato preferido de comida, puso manos a la obra y comenzó su primer castillo real.

Se llevó una gran decepción, ya que fue incapaz de completar tan solo un minúsculo cuadrado antes de que toda su gran obra se convirtiera en un vulgar montón de arena. ¿Cómo era posible?. Se lo había imaginado tantas veces que pensó que sería coser y cantar. Sus amigos le hablaban sobre las dificultades de conseguir cosas en la vida, de que había que tener ciertas dotes para realizar ciertas tareas; le arengaban sobre la pérdida de tiempo que suponía dedicarle tanto tiempo a esa tarea que al final había supuesto para él una gran decepción.

Aquella noche no hubo castillos, no hubo arena, no hubo esperanza y por lo tanto no hubo ningún proyecto futuro, como acostumbrara anteriormente. Y sin embargo, y a pesar de los reiterados “no sirves para esto”, “déjaselo a los especialistas”; a la mañana siguiente, volvió por sus fueros y siguió construyendo castillos en su mente, porque definitivamente eso era lo que quería hacer con su vida y desde entonces dejó de escuchar aquellos consejos que le invitaban a cambiar de rumbo.

Durante años volvió a aquella y otras playas; en los comienzos se enfurruñaba cuando el agua salada tomaba contacto con su obra, pero con el tiempo comprendió que hasta los mayores éxitos son efímeros como la propia vida y a partir de ahí un gran cambio transformó su vida.

Incansable, continuó con la tarea intentando perfeccionar cada uno de los detalles de su castillo y con el tiempo, fue capaz de construir hermosos castillos y disfrutar incluso cuando las olas inundaban sus murallas y los convertían en simple arena de playa. Fue entonces cuando se percató de que a menudo se agolpaban un gran número de personas alrededor que durante algún tiempo distrajeron su atención hasta el punto de ver por sí mismo que no solo no estaba mejorando, sino que al contrario, cometía despistes y olvidaba a veces una torre, a veces una puerta o incluso varias almenas.

Luego llegó la mejor época de su vida como constructor de castillos, pues hizo oídos sordos a la mayoría de los halagos y se dedicó a tiempo completo a su obra, de modo que cuando no estaba en la playa, dibujaba en un folio su próximo castillo sabiendo que aunque la perfección absoluta no existe, podría llegar a alcanzar el mayor grado posible como constructor de castillos de arena; era consciente de que no siempre iba a conseguirlo y que ese era el precio que quería pagar con gusto y fue tras esta etapa cuando por fin pudo vender el primero al que siguieron otro, otro y otro.

Un día le llamaron de un famoso programa de televisión y nunca olvidará aquella pregunta: “¿Cómo eres capaz de vender algo tan poco duradero como un castillo de arena?”. Su respuesta le salió del alma: “Mire usted, es muy sencillo; en realidad, la gente no quiere mis castillos, lo que desea comprar son mis ilusiones”.