RINCÓN POR RINCÓN: LEÓN

RINCÓN POR RINCÓN:  LEÓN
La catedrál y al fondo montes nevados

10 ene. 2014

TOREROS DE PLATA



TOREROS DE PLATA



Creo que hay en Alcalá de Guadaira (Sevilla) una calle a la que llaman “banderilleros”. Casi en la otra punta de España; existía un conocido bar, llamado “El Racimo de Oro”, ubicado en el barrio húmedo de León. Había allí, un cliente que repetía con cierta frecuencia: Paco, tráeme unas banderillas ¡hombre!, que no me voy a beber esto a palo seco. Se refería claro está cierta tapa que en esta tierra se acompaña de forma gratuita junto a la consumición. Pinchos les llaman en otros lugares. Nada que ver con otro tipo de banderillas que se ponen en salva sea la parte.

El caso, es que lo del título no es enteramente cierto, pues en la mayoría de sus actuaciones son toreros de oro puro, aunque algunos de cuando en cuando lo sean de plata.

Estamos hablando por si no lo habían adivinado de deportistas que aunque habitualmente se dedican a hacer gran cantidad de kilómetros por montaña; de cuando en cuando se dedican a poner banderillas en la piel de ese toro conocido como España.

No se conocen aquí chuflas ni tuneleros, aunque siempre habrá algún chuletilla que quiera dar la nota; pero esa como ya se sabe, es la excepción que confirma la regla.

Mientras los banderilleros del albero, al parear; ponen el toro en suerte, para que otros rematen la faena, y se saben imprescindibles en esto de la torería; nuestros toreros de plata, que son tan respetados si no más que aquellos, también son un lujo necesario en cada carrera de larga distancia. A veces colocan los palitos a la media vuelta, pero otras, recortan, cuartean, quiebran o gallean a placer; pero a veces cuando las condiciones se tornan complicadas, son capaces de ponerlas a pie firme, e incluso de poder a poder.

Evidentemente, no son tan conocidos, y muchas veces, sobre todo si la cosa sale bien, no se les tiene muy en cuenta; pero desarrollan una labor esencial e imprescindible; en la organización de este tipo de carreras, hasta el punto de que sin ellos, y con climatología adversas, bien pudiera ser que de cuatrocientos participantes, solo una docena llegasen a meta.

Se lo curran, vaya que se lo curran; marcar y desmarcar un recorrido, tiene su cosa cuando se trata de zonas de montaña; pero cuando hablamos de carreras próximas a los cien kilómetros; donde a veces el único compadre del corredor es el chorro de luz que sale de su frontal; si además el recorrido, consta de zonas expuestas, aristas, precipicios, canchales y vaya usted a saber y en qué condiciones; entonces… “apura Pepa que viene la gata”.

Una vez conocido el recorrido, estos banderilleros de la montaña, se dedican a señalar el mismo, de tal modo que cuando el corredor oiga el disparo de salida, no tenga que preocuparse de mirar brújulas o mapas; poniendo toda su atención en el camino y en apreciar las numerosas pistas estratégicamente colocadas.

El escalador, tiene buen cuidado de ir recuperando sus utensilios; plomos, friends clavijas y lo que se tercie para la próxima. Nuestros toreros de plata, aunque tampoco están para despilfarrar según está el patio; no le dan tanta importancia a este detalle, sino que su máxima es dejar todo como estaba antes del marcaje, y si de paso, a alguno se le ha caído el envoltorio de una barrita o un gel, pues se recoge para que nadie sepa que por allí pasó gente corriendo.

A estos banderilleros, les mueve un deseo común, quieren que la montaña siga viva, cambiante, rebelde e imprevisible, porque de otro modo el visitante, ya no encontraría gran diferencia con la vida cosmopolita. Saben que unos palitos de colores en medio del esplendor natural, rompen el encanto y ensucian el paisaje; por eso recogen cada lata, cada trocito de plástico e incluso cada monda de plátano.

Son conscientes de que mañana o pasado mañana, cuando realicen algunas de sus placenteras rutinas, bien sea corriendo, andando, escalando o esquiando, su mayor deseo será verlo todo limpio. De todos modos se lo deben a las montañas; no pidieron expresamente permiso para tanto pateo; muchos incluso se muestran reticentes a tamaña fechoría; el antes y el después de una fotografía aérea, nos mostraría como poco a poco, hasta cerca de las cumbres aparecen ahora pequeñas autopistas que evidencian tal vez una afluencia excesiva de visitantes.

Temen algunos, y no sin razón, que si el hombre y la tecnología, han sido capaces de desnaturalizar y hasta avergonzar grandiosos picos; hagan lo mismo con nuestro entorno más preciado. Por ello, nuestros toreros de plata, intentan ser todos ellos, muy respetuosos con quien les procura tanta dicha. En muy poco tiempo, todo volverá a su lugar y la montaña será nuevamente dueña intemporal de las alturas y el entorno.


Después, llegarán tiempos de celebración, bien venidas serán unas cervezas y unos pinchitos; esos mismos en los que se muestran tiernos y jugosos alimentos, atravesados por un enorme palillo; ¿Cómo los llamaban?. ¡Ah! ¿Si!, banderillas.