RINCÓN POR RINCÓN: LEÓN

RINCÓN POR RINCÓN:  LEÓN
La catedrál y al fondo montes nevados

19 jul. 2015

UN PENSAMIENTO





Andaba yo el otro día cavilando, tumbado en mi hamaca bajo un cielo totalmente estrellado y una ligera brisa que se restregaba contra las hojas del nogal de mi vecino, cuando me dio por pensar qué podría sentir un árbol tras un incendio de esos que se premeditan todos los veranos.

No voy a ser yo quien diga que las plantas tienen sentimientos, al menos tal como lo entendemos entre los de dos piernas, es decir a esa parte afectiva que al parecer bastantes seres humanos poseen y que otros muchos amplían al reino animal.

Supongo que no habrá ninguna reacción de ese tipo por parte de eso que conocemos como planta de tronco leñoso, y sin embargo siempre hay reacción; a veces en días, a veces en meses y en ocasiones en años.

El árbol en cuestión, supongo que reacciona luchando por su supervivencia, no pierde el tiempo en mirarse al espejo, no evalúa su belleza, no piensa en el futuro ni en que dirán de él aquellos hermanos que tuvieron mejor o peor suerte; simplemente se pondrá a trabajar en su propia regeneración inmediatamente, con tesón, pero sin agobios.


Si fuera creyente tal vez juntaría un par de ramas, inclinaría un poco su copa en señal de sumisión y pediría por la pronta regeneración del terreno circundante, porque sabios como son, entienden que cuando todo a su alrededor está en armonía, ellos tienen mayores posibilidades de subsistir; pero no se ha oído de ningún caso parecido entre árboles.

Continuaba yo dándole al magín, a estas alturas de la historia algo triste por el devenir imaginario del nogal vecino, cuando me hice una pregunta de esas que se hace uno cuando no tiene otra cosa que hacer:

 “¿Cómo puede ser tan estúpido el ser humano comparado con un simple árbol?”.