RINCÓN POR RINCÓN: LEÓN

RINCÓN POR RINCÓN:  LEÓN
La catedrál y al fondo montes nevados

20 nov. 2016

MONEDA CORRIENTE


Era noche cerrada, una madrugada más de vuelta al hogar con la camaradería de esa neblina persistente capaz de convertir realidad en fantasía.

Me sentía extraordinariamente cansado tras tantas horas de trabajo en la fundición y por momentos perdía la consciencia del lugar de donde venía, del sitio al que iba y de mí mismo.

Quedarían menos de trescientos metros para llegar a la casa cuando una presencia se interpuso en mi camino. Era una mujer imponente, con ropajes de la época victoriana. La dama, arrastraba sobre todo por detrás una falda muy larga, de forma acampanda, repleta de detalles floridos y cintas llamativas pero sin alardes de color de la que asomaba la punta de unas botas negras de una piel excelente.

El escote era inmenso, y lo que más me llamó la atención además de su cintura de avispa, fue que a pesar del aire gélido que casi cortaba la piel, la dama llevaba unos guantes de los que asomaban unos dedos preciosos y mangas cortas a la altura de los codos.

Yo estaba petrificado, y notaba como la escarcha se iba adueñando poco a poco de mi poderoso bigote y como un pequeño temblor tal vez a causa del frío iba conquistando todo mi cuerpo de la punta de los pies a la coronilla.

Estuvimos lo que me pareció una inmensidad uno frente al otro sin dirigirnos la palabra, ella me miraba con dulzura al tiempo que yo me perdía cada vez más en la multitud de sensaciones que emanaban de sus ojos.

De pronto comencé a vislumbrar como sus labios se entreabrían lentamente y pude oír su voz...

.- “Don Francisco, ¿no tendrá usted una pasta?

Por inconcebible que me pareciera sabía mi nombre, pero lo que me extrañó fue que una dama del siglo XIX, me pidiera pasta con un lenguaje del siglo XXI.

Eché mano a la cartera, pues aunque no suelo llevar mucho cuando trabajo de noche, unos euros por si acaso siempre llevo, pero poniendo delicadamente sus manos sobre las mías y me impidió abrir la cartera.

A pesar de tener el aspecto de una mujer joven, me miró como una madre mira a un hijo tonto y volvió a hablar:


.- “Coño Paco, que no te enteras, hijo, que si tienes alguna pasta de esas que haces de cuando en cuando, que vengo de un baile de disfraces y traigo un hambre que no me tengo”.