RINCÓN POR RINCÓN: LEÓN

RINCÓN POR RINCÓN:  LEÓN
La catedrál y al fondo montes nevados

7 ene. 2020

macromachismos


Las posibilidades de nuestro cuerpo y de nuestra mente no son ilimitadas, como algunos deben pensar; no somos más que seres humanos (muy pomposamente llamados “homo sapiens”) y ni siquiera somos, como muchos piensan, el eslabón más importante del universo.

Menos aún comprendemos el cada vez mayor alejamiento del ser humano respecto de sí mismo y del resto de personas, pero más complicado se nos antoja aún entender nuestra deslealtad con la madre naturaleza, que incluso para algunos se ha llegado a convertir en un simple estorbo, una traba para sus egoístas planes.

Estamos acostumbrados a dar culto al cuerpo, y ello sucede cada vez con mayor frecuencia, porque en estas últimas décadas, herederas sin fortuna del famoso Siglo de las Luces que nos debería haber llevado a un mayor conocimiento y comprensión del ser humano; lo que vemos es que ese conocimiento solo se ha utilizado en gran medida para un desarrollo industrial e insostenible y para rebajar en grandísima medida las esperanzas de aquellos que menos tienen, desequilibrando exageradamente la balanza hacia aquellos que lo poseen casi todo.

Existe al parecer un orden cósmico, según el cual si tú sufres, yo sufro; si tú sonríes, yo también. Esa disposición, ese mandato, dicta que en el universo, todo tiene relación y que la diferencia entre tú y yo no existe, ya que lo único real, aunque no palpable es la unidad de medida a la que todos pertenecemos (el UNO). Claro que para creérselo, hay que bucear muy profundamente dentro de uno mismo.

Ese culto al “yo” más impersonal y estúpido, se ve agrandado por los medios que “gratuitamente” han puesto al alcance de nuestros dedos, que pueden en un santiamén teclear cualquier cosa que a la mente no pensante se le ocurra, siempre con la esperanza de que alguien o a ser posible muchas personas lo lean y ya sería el colmo que además les “gustase”.

Por otro lado, aquello que algunos esperaban obtener de los grandes cambios producidos durante el siglo XVIII, se ve escorado a las más alejadas y hediondas esquinas, donde se refugian unos pocos locos que escriben artículos y poemas, o bien se compadecen de otros seres humanos, o tratan de dar “luz” al instrumento que en su día hubo quien pensó, nos sacaría de la miseria intelectual y social en la que vivimos, la cultura.

Si Marie Madeleine Piochet de la Vergne, Madame Olympe de Gouges o Lady Mary Chudleigh, por poner solo tres ejemplos, pudieran desde sus tumbas atisbar como vive la mujer siglos después, se decepcionarían enormemente al ver qué poco hemos avanzado, y justo hoy en Barcelona, ha vuelto a suceder.