RINCÓN POR RINCÓN: LEÓN

RINCÓN POR RINCÓN:  LEÓN
La catedrál y al fondo montes nevados

19 ago. 2013

PRÁCTICAMENTE IMPOSIBLE

Es prácticamente imposible no asombrarse ante los acontecimientos que estamos viviendo estos últimos años. Tal vez debería decir ante esa respuesta de “hechos consumados” que la ciudadanía escucha como una letanía y acepta en gran parte de buena fe.

Los que manejan el timón de este barco que lo mismo podría ser España que Europa o incluso el mundo entero, gobiernan sin ningún sonrojo para los ricos, y solo para los ricos, gracias al resto de la humanidad, por lo general tan amable y tan cándida que piensa que la única solución a sus problemas está en las próximas elecciones.

La masa, generosa hasta límites insospechados, es capaz de justificar los mayores desmanes de nuestros políticos y a veces hasta es posible escuchar halagos de los correligionarios de turno.

Hay varias claves para entender esta postura, por el lado de nuestros gobernantes, tenemos al “maldito parné”, ese “poderoso caballero” del que hablaba hace ya algún tiempo uno de nuestros ilustres escritores.
 Hablar de dinero y no hablar de poder no tiene ningún sentido, pues inevitablemente van de la mano. Hablar del vil metal y no hablar de la corrupción que este genera es inevitable, y encontrarnos sinsentidos al respecto es el pan de cada día, y como ejemplo se me ocurre acudir a la relación existente entre la iglesia y el capital a lo largo de los siglos.

Por el lado de los gobernados (tal vez deberíamos decir “desgobernados”), tenemos una herencia de cientos de años, viejas costumbres en las que nos han querido dejar bien claro, que, para que el mundo sea mundo, tiene que haber señores y vasallos, amos y criados, poderosos y chusma.

Afortunadamente, hubo épocas de la historia de la humanidad en la que algunos valientes, (muchos de ellos mujeres), se tiraron de cabeza por el precipicio de las reivindicaciones, y gracias a estas personas sin monumento conocido, el mundo fue cambiando poco a poco a mejor.

Ahora que ya prácticamente todos somos creyentes, sigue resonando en nuestros oídos aquello de “ten fe hijo mío”, como si rezando un padre nuestro se resolvieran nuestros problemas terrenales (que para los ricos son los únicos que cuentan).


Menuda herencia la que hemos aceptado recibir; que nos hace ver el azote del hambre, como una forma de acercarse al cielo, mientras los que más se afanan en propagar “su fe” comen sin duelo y lo que es peor, sin remordimiento; en vez de ver niños y mayores desnutridos, que necesitan la ayuda del prójimo, es decir la suya, la tuya y al mía.