Dicen que aún se desconoce el mecanismo de ese desconcertante ruido acompañado de luces tan llamativas, que con seguridad, más de uno en la antigüedad pensaría que era un castigo de algún dios; y si además fue la causa del primer fuego, pues vaya usted a saber. El caso es que el asunto es un visto y no visto; como una aparición seguida de una inmediata fuga, es como viven en realidad muchos de nuestros jóvenes y no tan jóvenes con sus vidas convertidas con la ayuda de la modernidad en un puro santiamén.
Si fuesen dos cosas contiguas en el tiempo, le llamaríamos inmediatez, pero no, no son solo dos cosas, son multitud de actos y pensamientos que van y vienen como si nada importase más en la vida que el hecho de que sea todo instantáneo como esos granos que se disuelven inmediatamente en el agua o en la leche otorgando a la mezcla un sabor parecido al del café.
Con la llegada del “progreso”, pero sobre todo con eso que llaman “era”, o tal vez debería escribir “revolución” digital, la vida de todos nosotros se ha convertido en un acontecimiento medible de multitud de formas diferentes, afectando negativamente no solo a nuestra parte física y económica, sino sobre todo a la espiritual; la psique para Aristóteles; que siendo una sustancia inherente a nuestro organismo, tal vez constituya la verdadera fuente de energía del mismo.
Todos lo hemos vivido el ¿nacimiento? de los teléfonos con movilidad, al principio nos los regalaban, ahora hay que pagar el sueldo de un mes por uno decente y a ver quien es el guapo que vive sin ellos. Nos vendieron eso de “digital”, como una mejora sustancial para nuestras vidas; mayor eficacia, más tiempo para el disfrute general, mayor número de datos para gestionar mejora de nuestro día a día, junto a una información instantánea como aquél simulacro de café para usar a nuestro favor por no hablar de lo lejos que llegaremos con la inteligencia artificial y predictiva.
La realidad por lo que se ve, es que esa mejora como la de tantas otras anteriores, no ha favorecido más que a una pequeña minoría, que los datos no se usan a favor, sino en contra, que la información es tendenciosa y generada por el mejor postor para sus propios intereses y que la búsqueda de lo inmediato está generando un montón de problemas, incluidos suicidios, porque ya nos hemos olvidado de valorar lo que vale el tiempo y para que sirve en realidad.
Ha habido un cambio brutal en lo referente a patrones sociales que poco a poco han ido calando en las conductas de unos y otros abarcando de un plumazo a prácticamente todas las generaciones, cosa nada habitual a lo largo de la historia, donde siempre ha habido a veces un abismo entre padres e hijos y no digamos entre abuelos y nietos. Lo grave es que ese cambio de hábitos nos está llevando a la pérdida de autenticidad, llegando a un punto en que la propia sociedad nos consume como si fuésemos producto de un estante en cualquier supermercado.
Ahora podemos decir sin temor a equivocarnos, que somos esclavos voluntarios de nuestro propio tiempo, que nuestra opinión no vale nada si no la defendemos, y que las opciones de cambio son cada vez menores gracias entre otros a esa inteligencia artificial; y porque cada vez menos gente se baja en las estaciones de la realidad y más personas se suben en las de la nube.
Hoy una persona sin televisor, sin ordenador, sin tableta o peor aún sin un teléfono móvil, es un esperpento para esta sociedad tan equipada y tan enferma. Tal vez Aristóteles diría que esa “psique” está perdiendo potencia y que es posible que con el tiempo mutemos en seres humanos pero sin humanidad, es decir, sin alma o dicho de otro modo, especímenes “raros”.
Y yo me pregunto ¿No habrá pasado ya ese tiempo?