RINCÓN POR RINCÓN: LEÓN

RINCÓN POR RINCÓN:  LEÓN
La catedrál y al fondo montes nevados

2 jul 2026

S A L U S T I A N O

 

Salustiano Rodriguez Fernández se llamaba el ínclito, aunque todo el mundo le llamaba “rodri”, menos la señora María que de toda la vida la había llamado “salus” y el su tío Ramón que no había apeado el “chaval” desde que había cumplido siete años.

Le llegó la fama ya de maduro, cuando unos de los madriles que habían empinado el codo de lo lindo, se liaron a lanzarle epítetos alusivos a las gracias corporales de Doña Mercedes que aunque ya llevaba más de sesenta a la espalda y a decir de los del pueblo, metía en cintura a cualquier chavala de cualquier pueblo de los alrededores y a muchas de la capital por muy trajeadas que fueran.

Pues se dio el caso de que “salus”, “rodri” o el “chaval” (como prefieran) salía de echar la partida cuando se encontró con el pastel, y sin pensarlo ni una milésima la emprendió a mamporros con uno y con otro hasta que regó el suelo con sus cuerpos por mucho que Doña Mercedes con sus gritos intentase parar la escabechina.

A los de los madriles, no les dio tiempo ni a decir ni pío y al volver sobre sus cabales tampoco se lo tomaron a mal, sino todo lo contrario, y mira si lo supieron gestionar que acabaron tomándose unos cubatas con el “salus”, “rodri” o el “chaval” (como prefieran).

Salustiano, había hecho un poco de todo a sus casi cuarenta y cinco, pero en eso de los amores, no es que le hubiera ido muy allá, y la novia más larga que tuvo, no le duró ni quince días; no se sabe si por desencanto o por cualquier otra cosa, llevaba años detrás de Doña Mercedes y esta por su parte, nunca le había puesto pega alguna, salvo que por aquello de la diferencia de edad y “que van a decir en el pueblo”, nunca se había atrevido a dar el paso oficialmente, y salvo varias escaramuzas a escondidas de tipo sexual, la sangre aún no había llegado al río.

Más de quince años llevaban con este juego, hasta que harto el mozo de este plan que le reconcomía las entrañas con cada separación, y justo el día de las fiestas del pueblo; vestido de chaleco, chaqueta, camisa blanca, una corbata no muy bien anudada, zapatos todo hay que decirlo con un poco de polvo de la era y unos pantalones de pana que solo había usado una vez, le pidió a la solista de la orquesta el micrófono y con un vozarrón que se escucharía al menos en cinco o diez kilómetros a la redonda, le pidió la mano ante el pasmo de los allí presentes que no daban crédito.

A Doña Mercedes se le mudó el rostro de moreno a colorado y durante un buen lapsus, no fue capaz de dejar de mirarse los zapatos, pero pasados esos instantes de apuro, algo se debió remover en su interior y con voz bien clara y sin necesidad de micrófono alguno, soltó un “Sí coño sí que ya está una hasta el moño de andar siempre pendiente de lo que digan los demás”.

Me gustaría contarles como les fue desde ese momento en adelante, pero no me es posible, porque ni por la sacristía pasaron; ese mismo día por lo visto agarraron el petate, cerraron sus respectivas casas y como por arte de magia desaparecieron. Y tan bien lo hicieron que en el pueblo no hay más que supositorios, sobre si emigraron al extranjero, o que si a fulanito le pareció verles una vez en un pueblo de León, o que si a perantanito le contaron que habían adoptado un niño.

Sea como sea, a mí me basta con ese final de película que tantas veces me ha contado el abuelo como si aquello fuese una gesta como la de Roncesvalles, y lo entiendo porque en aquella época si ya estar soltera era una losa como una catedral; que encima una mujer se case con uno mucho más joven, aquello debió ser el acabose y yo que siempre he sido partidario de la gente que decide seguir sus instintos, pues eso, que me alegro un montón.